Volatilidad de un fondo de inversión: qué es, cómo se calcula y cómo interpretarla

Cuando empezamos a invertir hay tres palabras que aparecen continuamente: rentabilidad, riesgo y volatilidad. La primera nos encanta. Las otras dos, bastante menos.

El problema es que solemos confundir riesgo con volatilidad y, aunque están relacionados, no significan exactamente lo mismo.

Un fondo puede caer un 10% en unos meses y recuperar posteriormente todo lo perdido. ¿Ha sido volátil? Desde luego. ¿Era necesariamente una mala inversión? No. Del mismo modo, un activo cuyo precio apenas se mueve puede esconder riesgos que la volatilidad no está captando.

Por eso entender este concepto es fundamental antes de elegir un fondo de inversión. No basta con mirar cuánto ganó el año pasado. También deberíamos preguntarnos qué camino tuvo que recorrer para conseguir esa rentabilidad y cuánto sufrimiento habría tenido que soportar el inversor por el camino.

Vamos a verlo sin complicarnos demasiado.

 

¿Qué significa realmente que un fondo sea volátil?

La volatilidad mide cuánto fluctúa la rentabilidad de una inversión alrededor de su comportamiento medio durante un determinado periodo. En términos estadísticos, normalmente se calcula utilizando la desviación típica de sus rentabilidades.

Dicho de una forma mucho más sencilla: nos indica cuánto se mueve el fondo.

Imaginemos dos fondos que empiezan el año con un valor de 100 euros y terminan en 105.

Los dos han ganado un 5%, pero podrían haber llegado hasta allí de formas completamente diferentes.

El Fondo A podría haber avanzado tranquilamente:

100 → 101 → 102 → 103 → 104 → 105.

Mientras que el Fondo B podría haber seguido este camino:

100 → 85 → 110 → 90 → 115 → 105.

El resultado final es exactamente el mismo, pero difícilmente diríamos que ambos fondos presentan el mismo riesgo para el inversor.

El segundo ha sufrido movimientos muchísimo mayores. Por tanto, su volatilidad habrá sido superior.

Y esta diferencia importa mucho más de lo que parece, porque la inversión no se desarrolla en una hoja de Excel. Detrás hay una persona viendo cómo sus 20.000 euros se convierten temporalmente en 17.000.

Ahí empieza la parte psicológica de la inversión.

 

“Dos fondos pueden conseguir exactamente el mismo resultado y, sin embargo, someter al inversor a experiencias completamente diferentes. La rentabilidad nos dice dónde hemos llegado; la volatilidad nos ayuda a entender cómo ha sido el viaje.”

 

¿Cómo se calcula la volatilidad?

Aquí podemos ponernos todo lo matemáticos que queramos, pero para un inversor particular no hace falta sacar la calculadora científica.

Habitualmente se utiliza la desviación estándar o desviación típica de las rentabilidades históricas del fondo. Cuanto más se hayan alejado esas rentabilidades de su media, mayor será la volatilidad.

Por ejemplo, imaginemos dos fondos con estas rentabilidades anuales:

Fondo A: +5%, +7%, +4%, +6%, +5%.

Fondo B: +25%, -15%, +30%, -20%, +12%.

Aunque pudiéramos obtener una rentabilidad media razonable en ambos casos, resulta evidente cuál ha proporcionado el viaje más tranquilo.

Normalmente veremos la volatilidad expresada en porcentaje y anualizada. Si un fondo presenta una volatilidad histórica del 6% y otro del 20%, el segundo ha experimentado oscilaciones considerablemente mayores.

Pero cuidado: una volatilidad del 20% no significa que puedas perder como máximo un 20%. Es una medida estadística, no un límite de pérdidas.

Esta distinción es fundamental.

 

Volatilidad y riesgo: relacionados, pero no son lo mismo

Aquí encontramos uno de los errores más habituales.

En la industria financiera utilizamos frecuentemente la volatilidad como una medida de riesgo porque resulta sencilla de calcular y permite comparar inversiones. Renta 4 también destaca esa relación directa entre volatilidad y nivel de riesgo al analizar fondos.

Sin embargo, el riesgo real es bastante más amplio.

Supongamos que compras acciones de una empresa excelente cuyo precio cae un 20% porque el mercado entra en pánico. Tenemos volatilidad, pero si el negocio continúa funcionando perfectamente quizá el riesgo de pérdida permanente de capital no haya aumentado.

Ahora pensemos en otra empresa extremadamente endeudada, con poca liquidez y cuyo negocio se deteriora lentamente. Su cotización podría mantenerse estable durante meses justo antes de sufrir problemas graves.

Poca volatilidad no significaba poco riesgo.

Para mí, la distinción útil sería:

Volatilidad = cuánto se mueve el precio.

Riesgo = posibilidad de sufrir una pérdida permanente o de no alcanzar nuestros objetivos financieros.

La volatilidad es una herramienta fantástica para estudiar el riesgo, pero nunca debería ser nuestra única herramienta.

 

¿Por qué aumenta la volatilidad de un fondo?

Un fondo no se vuelve volátil porque el gestor se haya levantado ese día con ganas de emociones fuertes. Normalmente hay factores perfectamente identificables detrás.

Uno de los principales es el tipo de activos que contiene. Un fondo monetario normalmente tendrá oscilaciones mucho menores que uno especializado en pequeñas compañías tecnológicas.

También influye la situación económica. Cambios inesperados en inflación, crecimiento económico o tipos de interés pueden modificar rápidamente las expectativas de los inversores y provocar fuertes movimientos en los mercados.

Los resultados empresariales constituyen otro factor importante. Cuando una compañía publica beneficios muy superiores o inferiores a lo esperado, su cotización puede reaccionar violentamente.

Y después tenemos la geopolítica: guerras, elecciones, sanciones comerciales, crisis energéticas o acontecimientos inesperados pueden elevar rápidamente la incertidumbre y, con ella, la volatilidad.

Pero también importa la propia construcción del fondo.

Un fondo muy concentrado en diez compañías probablemente tenga movimientos mayores que otro distribuido entre cientos de empresas, países y sectores.

Por eso diversificación y volatilidad suelen estar estrechamente relacionadas.

 

¿Es mala una volatilidad elevada?

Aquí viene lo interesante: no necesariamente.

Tenemos cierta tendencia a pensar que volatilidad = malo.

Pero si queremos obtener rentabilidades superiores a largo plazo tendremos que aceptar cierto grado de incertidumbre.

La renta variable, por ejemplo, históricamente ha experimentado importantes caídas temporales. Sin embargo, también ha ofrecido un potencial de crecimiento superior al de activos mucho más estables.

Por eso debemos preguntarnos algo diferente.

En lugar de:

«¿Este fondo tiene mucha volatilidad?»

quizá deberíamos preguntar:

«¿La volatilidad de este fondo es adecuada para mi horizonte temporal y mi tolerancia al riesgo?»

Una persona de 30 años que invierte para su jubilación dentro de tres décadas puede permitirse asumir oscilaciones importantes.

Alguien que necesitará el dinero dentro de dos años para comprar una vivienda probablemente no.

El problema no es la volatilidad. El problema es asumir una volatilidad que no podemos soportar.

 

La psicología: probablemente el mayor riesgo de todos

Este punto me parece especialmente importante.

Podemos construir sobre el papel una cartera perfecta. Pero si cuando cae un 25% entramos en pánico y vendemos, esa cartera no era adecuada para nosotros.

Supongamos que invertimos 20.000 euros en un fondo de renta variable.

El mercado entra en crisis y nuestra inversión cae hasta 15.000 euros.

Sabíamos intelectualmente que podía ocurrir.

Pero una cosa es leer «-25%» en el folleto del fondo y otra muy diferente abrir la aplicación del banco y comprobar que has «perdido» temporalmente 5.000 euros.

Aquí aparecen el miedo, las dudas y la tentación de vender.

Precisamente por eso conocer la volatilidad histórica de un fondo nos ayuda a establecer expectativas realistas antes de invertir.

No elimina las caídas.

Pero evita que nos sorprendan completamente.

 

Sobre el papel: volatilidad y caída temporal del 25%.
En la vida real: ver cómo 20.000 € se convierten en 15.000 € y decidir si somos capaces de mantener la inversión.

 

Volatilidad histórica no significa volatilidad futura

Otro punto fundamental: estamos mirando por el retrovisor.

Si un fondo presenta una volatilidad del 10%, ese dato describe lo que ocurrió durante determinado periodo del pasado.

No garantiza que vaya a comportarse igual mañana.

Un fondo tranquilo puede volverse mucho más volátil si cambia el mercado. Y uno muy volátil puede atravesar posteriormente un periodo de estabilidad.

Por eso conviene analizar diferentes horizontes temporales —uno, tres, cinco años— y comprobar cómo se comportó durante momentos difíciles.

Más que preguntarnos cómo funcionó cuando todo iba bien, resulta especialmente interesante saber qué ocurrió cuando las bolsas se desplomaron.

 

Volatilidad frente a rentabilidad: mirar ambas cosas juntas

Analizar exclusivamente la rentabilidad puede llevarnos a conclusiones equivocadas.

Imaginemos:

Fondo Rentabilidad anualizada Volatilidad
Fondo A 8% 7%
Fondo B 9% 18%

A primera vista podríamos elegir automáticamente el Fondo B porque ha obtenido mayor rentabilidad.

Pero pensemos un segundo.

Estamos aceptando más del doble de volatilidad para conseguir solamente un punto porcentual adicional de rentabilidad.

¿Compensa?

Quizá sí. Quizá no.

Precisamente para estudiar esta relación existen indicadores como el ratio de Sharpe, que compara el exceso de rentabilidad obtenido con el riesgo asumido.

No necesitamos convertirnos en analistas cuantitativos, pero sí interiorizar una idea sencilla: la mejor inversión no siempre es la que más gana, sino la que ofrece una rentabilidad adecuada para el riesgo que estamos asumiendo.

 

 

¿Qué volatilidad debería buscar en un fondo?

Aquí no existe una cifra mágica.

Depende fundamentalmente de tres variables: nuestro horizonte temporal, nuestros objetivos y nuestra tolerancia psicológica a las pérdidas.

Un inversor conservador probablemente se encuentre más cómodo con fondos monetarios o de renta fija de corta duración, aunque tendrá que aceptar una expectativa de rentabilidad inferior.

Un inversor moderado puede combinar renta fija y renta variable buscando reducir las oscilaciones.

Y un inversor agresivo con décadas por delante puede aceptar fondos de renta variable con volatilidades mucho mayores.

Lo importante es evitar uno de los errores clásicos: elegir el perfil de riesgo pensando únicamente en la rentabilidad potencial.

Todos somos agresivos cuando la bolsa lleva dos años subiendo.

El verdadero perfil de riesgo aparece cuando nuestra cartera cae un 30%.

 

¿Cómo podemos reducir la volatilidad de nuestra cartera?

La herramienta más evidente es la diversificación.

Combinar diferentes clases de activos, regiones, sectores y estilos de inversión puede reducir nuestra dependencia de un único factor.

Otra posibilidad es realizar aportaciones periódicas.

Invertir regularmente no elimina la volatilidad del fondo, pero reduce nuestra dependencia de acertar con el momento exacto de entrada. Compramos participaciones cuando el mercado está caro y también cuando está barato.

Y, sobre todo, debemos ajustar la composición de nuestra cartera al plazo de nuestros objetivos.

El dinero que necesitaremos próximamente no debería depender de que la bolsa tenga un buen año.

En cambio, el capital destinado a objetivos dentro de veinte o treinta años tiene mucho más margen para atravesar ciclos bajistas.

 

¿Dónde consultar la volatilidad de un fondo?

Antes de contratar un fondo conviene consultar su documentación oficial y su ficha.

Además de la volatilidad, deberíamos fijarnos en otros indicadores:

  • rentabilidad anualizada a diferentes plazos;
  • máxima caída histórica (maximum drawdown);
  • ratio de Sharpe;
  • composición de la cartera;
  • exposición geográfica y sectorial;
  • comisiones;
  • comportamiento frente a su índice de referencia.

La volatilidad aporta una pieza del puzle.

Nunca todo el puzle.

 

Conclusión: no tengas miedo a la volatilidad, entiéndela

La volatilidad es una de esas palabras que parecen complicadas hasta que entendemos qué hay detrás.

En esencia, simplemente nos dice cuánto ha oscilado una inversión.

Una volatilidad elevada implica que tendremos que soportar movimientos mayores y, potencialmente, periodos bastante incómodos. Pero eso no convierte automáticamente al fondo en una mala inversión. La volatilidad también puede acompañar a activos con mayor potencial de rentabilidad a largo plazo.

La clave está en saber cuánto movimiento podemos soportar sin abandonar nuestra estrategia.

Porque el mejor fondo del mundo sirve de poco si vendemos durante la primera gran caída.

Por eso, cuando compares dos fondos, no mires únicamente la columna de rentabilidad. Observa también cuánto riesgo se asumió para conseguirla, cómo se comportó el fondo durante las crisis y si esas oscilaciones encajan contigo.

Al final, invertir bien no consiste en eliminar la volatilidad. Eso es prácticamente imposible.

Consiste en construir una cartera en la que puedas permanecer invertido incluso cuando el mercado decida recordarte que las bolsas también bajan.

 

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