Lo bueno de tener un mal día, de Anabel González, parte de una idea que choca con buena parte de la autoayuda tradicional: no todos los días tienen que ser buenos y no todas las emociones incómodas necesitan desaparecer cuanto antes.
La propuesta del libro es aprender a relacionarnos mejor con tristeza, miedo, enfado, culpa o frustración en lugar de intentar ocultarlos bajo una capa permanente de pensamiento positivo. La autora, psiquiatra y psicoterapeuta, utiliza ejemplos cotidianos y explicaciones accesibles para mostrar que regular una emoción no significa negarla.
En esta reseña veremos de qué trata Lo bueno de tener un mal día, qué ideas resultan más útiles, qué límites tiene como libro divulgativo y para quién puede merecer la pena.
Lo bueno de tener un mal día es una guía de divulgación psicológica sobre emociones. Su mensaje central es que sentir malestar forma parte de la vida y que intentar suprimirlo sistemáticamente puede complicar más las cosas. La autora propone reconocer, comprender y regular las emociones en lugar de exigirnos estar bien permanentemente.
¿Quién es Anabel González?
Anabel González es psiquiatra, psicoterapeuta y doctora en Medicina. Ha trabajado especialmente en áreas relacionadas con trauma, disociación y terapia EMDR, además de desarrollar una amplia labor de formación y divulgación.
Editorial Planeta publicó Lo bueno de tener un mal día en 2020. Desde entonces, la autora ha publicado otras obras sobre emociones, trauma y bienestar psicológico.
¿De qué trata el libro?
El libro analiza por qué reaccionamos de formas diferentes ante situaciones similares y qué ocurre cuando intentamos escapar de emociones que consideramos “malas”.
Una parte de la obra utiliza personajes y situaciones para mostrar estilos distintos de regulación emocional. Algunas personas se desconectan, otras explotan, otras se culpabilizan y otras intentan aparentar que todo está bien.
El objetivo no es enseñar una única reacción correcta, sino desarrollar más conciencia y flexibilidad.
La tiranía de tener que estar bien
Vivimos rodeados de mensajes que convierten el bienestar en una obligación. “Piensa positivo”, “todo pasa por algo”, “sonríe”, “agradece lo que tienes”. En el contexto adecuado pueden ser frases bienintencionadas. En el momento equivocado pueden producir culpa.
Si estás triste y además crees que no deberías estarlo, tienes dos problemas: la tristeza y el juicio sobre la tristeza.
El libro cuestiona esa segunda capa. Una emoción desagradable no significa automáticamente que estés haciendo algo mal.
Emoción y conducta no son lo mismo
Una distinción especialmente útil es separar lo que sentimos de lo que hacemos.
Puedes sentir enfado sin gritar. Puedes sentir miedo y actuar. Puedes sentir tristeza y seguir cuidándote. La emoción aporta información, pero no necesita controlar automáticamente la conducta.
Esta separación aumenta el margen de elección.
Muchas personas intentan eliminar la emoción porque temen lo que harán bajo su influencia. Aprender a observarla reduce esa sensación de pérdida de control.
¿Para qué sirven las emociones incómodas?
No todas las emociones tienen un mensaje simple, pero muchas cumplen funciones útiles.
Miedo
Puede alertar de amenaza y preparar al organismo para responder. El problema aparece cuando la alarma se activa en situaciones donde ya no resulta proporcional.
Enfado
Puede señalar que percibimos un límite traspasado, una injusticia o una necesidad no atendida. No justifica agredir, pero merece ser escuchado.
Tristeza
Puede acompañar pérdidas y favorecer una retirada temporal para procesar lo ocurrido. Exigir productividad inmediata en ciertos momentos añade presión innecesaria.
Culpa
En una forma proporcionada puede ayudarnos a reparar un daño. En exceso puede convertirse en castigo permanente sin utilidad.
Suprimir emociones: cuando “no pasa nada” no funciona
Muchas estrategias de regulación consisten en empujar la emoción hacia abajo: trabajar más, comer, beber, distraerse, mirar el móvil, fingir indiferencia o evitar conversaciones.
A corto plazo pueden producir alivio. Eso explica por qué se repiten.
El problema es que evitar continuamente una emoción puede impedir entender qué la activa y qué necesidad existe detrás.
El libro invita a sustituir la pregunta “¿cómo hago para dejar de sentir esto ya?” por “¿qué está ocurriendo y qué necesito hacer con ello?”.
Regular no es controlar al 100 %
Una interpretación peligrosa del desarrollo personal es pensar que, si aplicas suficientes técnicas, podrás elegir tu estado emocional en todo momento.
No funciona así.
La regulación emocional consiste más bien en influir sobre intensidad, duración y respuesta. Hay días en los que una emoción seguirá siendo dolorosa aunque la gestiones bien.
Ese enfoque resulta más humano porque no convierte cada mal día en un examen que has suspendido.
Hablarte como le hablarías a otra persona
Uno de los contrastes más llamativos aparece cuando comparamos el lenguaje que utilizamos con otros y con nosotros mismos.
A un amigo que está pasando un mal momento probablemente no le diríamos: “eres ridículo, deberías haberlo superado ya”. Sin embargo, esa puede ser exactamente nuestra conversación interna.
La autocompasión no consiste en justificar cualquier comportamiento. Consiste en reducir la violencia innecesaria contra uno mismo para poder responder de forma más eficaz.
La relación entre cuerpo y emociones
Las emociones no ocurren únicamente en pensamientos. Cambian respiración, tensión muscular, ritmo cardíaco, energía y sensación corporal.
Aprender a detectar esas señales puede permitir reconocer antes lo que está pasando.
Por ejemplo, algunas personas descubren su enfado cuando ya están discutiendo. Otras pueden aprender a detectar tensión mandibular, calor o aceleración mucho antes.
Ese reconocimiento temprano ofrece más opciones.
Qué me gusta del enfoque de Anabel González
Me gusta especialmente que no presente la tristeza o el miedo como fallos de rendimiento.
También valoro que el libro utilice ejemplos cotidianos en lugar de convertir cada emoción en una etiqueta clínica. La mayoría de nuestros malos días no son trastornos. Son parte de vivir.
Y, cuando el problema sí supera lo cotidiano, el libro no debería utilizarse para sustituir atención profesional.
Lo que menos me convence
Como ocurre con cualquier libro de divulgación psicológica, la simplicidad tiene un coste. Las emociones humanas dependen de biología, aprendizaje, contexto, relaciones y experiencias previas. Ninguna explicación breve captura toda esa complejidad.
Además, el lector puede sentirse tentado a analizar constantemente cada emoción. La conciencia es útil, pero convertir cada cambio de humor en un proyecto de investigación también puede aumentar la rumiación.
A veces una emoción necesita atención. Otras veces necesita tiempo, descanso o simplemente continuar con el día.
Cómo aplicar el libro de forma práctica
Una herramienta sencilla es crear una pausa de cuatro preguntas:
- ¿Qué estoy sintiendo? Intenta poner nombre sin juzgar.
- ¿Dónde lo noto? Observa sensaciones corporales.
- ¿Qué ha ocurrido? Distingue hecho de interpretación.
- ¿Qué respuesta me ayudaría? Hablar, descansar, actuar, esperar o pedir ayuda.
No es necesario responder de forma perfecta. El objetivo es frenar la reacción automática.
Un ejemplo cotidiano
Imagina que recibes un correo crítico en el trabajo. Tu primera interpretación es: “piensan que soy incompetente”. Aparece enfado, vergüenza y ganas de responder inmediatamente.
Si haces una pausa, puedes separar:
- hecho: alguien ha señalado varios errores;
- interpretación: “creen que no valgo”;
- emoción: vergüenza y enfado;
- respuesta posible: esperar, revisar los puntos y contestar cuando baje la activación.
La emoción sigue ahí, pero ya no decide sola.
¿Para quién recomiendo Lo bueno de tener un mal día?
- personas interesadas en inteligencia emocional;
- quienes se exigen estar bien permanentemente;
- lectores que tienden a evitar emociones incómodas;
- personas que buscan una introducción accesible a regulación emocional;
- quienes prefieren ejemplos y lenguaje cercano a teoría académica.
Si ya tienes formación clínica o buscas un manual terapéutico especializado, el nivel será demasiado introductorio.
La diferencia entre sentir y rumiar
Aceptar una emoción no significa pensar sobre ella durante horas. Esta diferencia es especialmente importante. Puedes reconocer tristeza o enfado y, aun así, decidir no reconstruir mentalmente la situación cincuenta veces.
La rumiación aparece cuando el pensamiento gira de forma repetitiva sin generar una acción nueva. “¿Por qué me dijo eso?”, “¿qué debería haber respondido?”, “seguro que piensa…”. En esos momentos puede ayudar preguntar si el siguiente minuto de pensamiento va a aportar información diferente.
Si la respuesta es no, regular la emoción puede implicar cambiar de actividad, descansar, hablar con alguien o volver a una tarea concreta. Aceptar no es alimentar.
Emociones y decisiones financieras
El libro no es de finanzas, pero sus ideas encajan sorprendentemente bien con la inversión. Una caída bursátil puede generar miedo real. El problema aparece cuando interpretamos ese miedo como información objetiva: “si estoy asustado, debe significar que debo vender”.
También ocurre con la euforia. Sentirse seguro después de varias ganancias puede parecer una prueba de que nuestra tesis es correcta, cuando quizá solo estamos experimentando sobreconfianza.
Una estrategia financiera necesita crear espacio entre emoción y acción. Puedes sentir miedo y seguir tu plan. Puedes sentir euforia y mantener el tamaño de posición. Regular no es dejar de sentir; es impedir que cada emoción reescriba tus reglas.
Por eso resulta útil conectar este libro con contenidos de Psicología financiera.
Cuándo un mal día es algo más que un mal día
Una reseña responsable necesita establecer una frontera. El mensaje “es normal tener días malos” no debería utilizarse para minimizar síntomas persistentes o intensos.
Si el malestar interfiere durante tiempo prolongado con sueño, trabajo, relaciones o funcionamiento cotidiano, o aparece sufrimiento que resulta difícil manejar, buscar ayuda profesional puede ser mucho más adecuado que seguir acumulando libros de autoayuda.
La divulgación puede ofrecer lenguaje y comprensión. El tratamiento necesita evaluación individual. Reconocer esa diferencia es compatible con todo el espíritu del libro: escuchar lo que sentimos también implica reconocer cuándo necesitamos apoyo.
Un ejercicio de cierre de día
Una aplicación sencilla consiste en dedicar cinco minutos al final de un día difícil a responder cuatro preguntas: ¿qué ocurrió?, ¿qué sentí?, ¿qué hice que ayudó aunque fuera un poco?, ¿qué necesito mañana? El objetivo no es juzgar el día ni fabricar una lección positiva a la fuerza. Es cerrar el episodio con algo más de claridad.
Si no aparece ninguna gran enseñanza, tampoco pasa nada. A veces el resultado más sano de un mal día es simplemente dormir y empezar de nuevo.
Quizá por eso el título funciona tan bien: no promete convertir un día malo en uno bueno. Propone aprender a atravesarlo mejor. Esa expectativa más modesta también resulta bastante más realista y, paradójicamente, más útil.
En ese sentido, el libro no enseña a evitar los días malos, sino a no empeorarlos luchando contra su mera existencia.
Preguntas frecuentes
¿De qué trata Lo bueno de tener un mal día?
De cómo comprender, aceptar y regular mejor las emociones, especialmente aquellas que solemos considerar negativas o incómodas.
¿Quién es Anabel González?
Es psiquiatra, psicoterapeuta y doctora en Medicina, con experiencia en trauma, disociación y EMDR, además de actividad docente y divulgativa.
¿Es un libro de psicología?
Es divulgación psicológica para público general, no un manual clínico ni un tratamiento.
¿Defiende el pensamiento negativo?
No. Defiende dejar de obligarnos a sentir emociones positivas todo el tiempo y aprender a gestionar también las incómodas.
¿Merece la pena?
Puede ser una lectura muy útil si quieres desarrollar una relación menos crítica y más flexible con tus emociones.
Mi opinión final
Lo bueno de tener un mal día acierta al recordar algo que parece obvio hasta que observamos cómo vivimos: estar mal a veces es normal.
El objetivo de una buena gestión emocional no debería ser fabricar felicidad constante. Debería ser ampliar nuestra capacidad para atravesar tristeza, miedo, enfado o frustración sin quedarnos atrapados en ellos ni atacarnos por sentirlos.
Ese cambio de perspectiva puede parecer pequeño, pero elimina una carga enorme: la obligación de que cada día sea una prueba de que estamos haciendo bien la vida.
En la Bibliografía de Libre Inversión encontrarás más reseñas sobre emociones, hábitos, productividad, dinero y toma de decisiones.
Artículo actualizado en septiembre de 2026.


